5 jul 2008

En el camino

Con lápices que llegaría a comerse, en pedazos de papel que también servirían para parar la hemorragia de una herida, nutrido de una biblioteca escondida en una cueva, en los altos de marchas fatigosas, el Che Guevara llevó siempre un diario (luego conocidos como Diario de motocicleta, Pasajes de la guerra revolucionaria, El diario del Che en Bolivia, Diario del Congo). En ellos, consignó su prehistoria revolucionaria, cifró esa pulsión por el camino que lo emparienta con los beats norteamericanos, registró el rigor con que comandaba a sus hombres y hasta sembró claves que hoy, con los resultados a la vista, podrían tentar a leer en ellos profecías de un destino ineludible. Pero sobre todo, registran una vocación que –a diferencia de Walsh– no está reñida con el revolucionario y revelan a un escritor que marcha hacia la muerte en una gesta contra el imperialismo pero también contra el imaginario del oficinista de Kafka y del ingeniero de Sartre.

Por María Moreno

Leer los diarios de alguien que ya no existe puede convertir en canalla. Invita a aprovecharse de servidas asociaciones y de los acontecimientos que el azar propone como encadenados para leer en el principio las profecías de un destino cuyo final se conoce de antemano. Por ejemplo, al leer los diarios del Che Guevara (Notas de viaje, diario de motocicleta, Pasajes de la guerra revolucionaria, El diario del Che en Bolivia, Diario del Congo) tienta trazar una curva entre el episodio en que éste narra cómo se vio obligado a descargar su diarrea desde lo alto de su alojamiento en Temuco sobre los duraznos que alguien había puesto a secar sobre unas chapas más abajo y que cataloga “como un error de apreciación” en el primer diario, y aquel en que registra preocupado: “Salimos 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos que no tiene casas cerca” en el último, cuando ya ha escrito que la radio chilena ha anunciado que son 1800 hombres los que lo buscan, y así suponer un derrotero cuajado de errores de apreciación. O, menos gravemente, tienta mostrar el aprendizaje que va de matar un perro viejo en Nahuel Huapi al confundirlo con un tigre a matar a un soldado en Sierra Maestra en donde la condición de médico del agresor le hizo constatar la eficacia de su disparo que partió el corazón de la víctima provocándole una muerte, por rápida, menos dolorosa. ¿Cómo no sonreírse con módica suspicacia al leer que el objetivo del primer viaje por Latinoamérica es “países lejanos, hechos heroicos, mujeres bonitas”, o escuchar con oído lacaneano en el “Thu Che” de ecos vietnamitas con que Guevara se autobautiza para firmar alguna carta a su mujer, Aleida March, el touché del caído en duelo? Pero es el Che mismo el que nos ha puesto esas emboscadas, ya que se ha ocupado en cada texto de organizar cada escena de su vida invertida en su formación de guerrero ejemplar con un celo igualmente ejemplar. El camino de la revolución que sugiere en Pasajes de la guerra revolucionaria, en su diario de Bolivia, está lleno de chapucerías de las que él es el primero en culparse: luego de capturar su primera gorra de soldado batistiano, se la ha puesto, contento, casi provocando una ráfaga de su propia vanguardia; de acuerdo a lo que recuerda de una novela, agrega agua de mar en la ración de una cantimplora y la hace intragable; guía a sus hombres hacia Sierra Maestra bajo la Estrella Polar, sólo que... no es la Estrella Polar. El camino de la justicia estaría tapizado por las injusticias: fusilar al dudoso de haber incurrido en los tres delitos capitales de la guerrilla, la insubordinación, la deserción y el derrotismo; castigar negándole sus próximas raciones al que, hambriento, ha robado una lata de leche condensada; ejecutar a un perro que no para de ladrar. Las opciones pueden ser graves: por ejemplo durante una retirada, entre la mochila de la medicina y la caja de balas. (Che elegirá la de balas, ¿de haber hecho lo contrario se habría convertido en un Dr. House?) Luego están las penurias naturales como la yaguesa, el jején, el mariqui, el mosquito y la garrapata que saben sacar sangre sin disparar un solo tiro, las cotidianas que obligan a beberse la orina o a recoger agua con la bombita de un nebulizador antiasmático en los bordes del yuyo llamado “dientes de perro” para distribuirla en el ocular de una mirilla telescópica en una suerte de versión inversa de la multiplicación cristiana de los panes y los peces, muy evocadora de la vida de santos como Santa Catalina de Siena que se alimentaba –y sin adelgazar un solo gramo– de la ostia diaria de la comunión. La revolución está hecha sobre el lance de que un campesino lleno de miedo y que entra en acción por obediencia o debido a una provisoria sugestión retórica, pueda resistirse a la tentación del bandidaje o de volver a la inercia del despojado. “De Davides que no entienden bien –escribe Che– y de Banderas que murieron sin ver la aurora”.

Su prehistoria del revolucionario se establece con la visita del joven médico y de un amigo a esas ciudades míticas y aisladas por el tabú de contacto: el leprosario: “La gente que está a cargo de él cumple una labor callada y benéfica, el estado general es desastroso, en un pequeño reducto de menos de media manzana del cual dos tercios corresponden a la parte enferma, transcurre la vida de estos condenados que en número de treinta y uno ven pasar su vida, viendo llegar la muerte (por lo menos eso pienso) con indiferencia”. Antes de aspirar a liberar a los proletarios del mundo, Che aspira a liberar al otro, precisamente de ser otro; curarlo es menos mejorar sus condiciones de vida que reconocerlo, escucharlo, tocarlo, ver en él a un hombre. En El último lector, cuando Ricardo Piglia hace el retrato del Che lo asocia a Lucio V. Mansilla y a Victoria Ocampo por el uso de una lengua que simula, en su naturalidad inventada, un efecto oral. Y el Che que visita leprosarios y convive con los enfermos (“Después algunos vinieron a despedirse personalmente y en más de uno se juntaron lágrimas cuando nos agradecían ese poco de vida que les habíamos dado, estrechándoles la mano, aceptando sus regalitos y sentándonos entre ellos a mirar un partido de futbol”) no deja de recordar la escena de Una excursión a los indios ranqueles en que el coronel personaje levanta en brazos, ante la tribu aterrada, el cuerpo infectado de viruela del indio Linconao y, antes de subirlo a un carro que lo llevará a su propia casa para curarlo, se lo acerca al rostro –sede mítica de la espiritualidad y de los cinco sentidos– soportando el efecto que describe como de “lima envenenada”. Para Che, como para Mansilla, el acceso al hombre a quien el mundo no reconoce la categoría de tal comienza por la prueba de su roce. En esa primera identificación antiburguesa a una vida peligrosa de leprólogo no debe estar ausente la figura del doctor Schweitzer que, en un sentido muy distinto, se pasó al otro seguido por las cámaras de la revista Life y ganó el Premio Nobel de la Paz un año antes de que el Che partiera con su amigo Granados en motocicleta por los caminos de Latinoamérica. Y si a Piglia no se le escapa que en ese Che primerizo la pulsión del camino tiene la marca de la de los escritores beats de su época, es válido reconocer en esos escritos de puño y letra llamados diarios, bajo la forma de una insistente contabilidad de bajas y de alimentos, de armas ganadas y perdidas, de prisioneros y de traidores, un resto de enumeración caótica a lo Aullido de Ginsberg.

Claro que fuera de los contextos de época, conocidos los precios y vencidas las épicas, ¿como no sobresaltarse con esa serie de horrores pormenorizados que incluyen el casi forzar a la mujer de un mecánico durante un baile –ella cae al suelo en una confusa escena presenciada por el marido–, el ventajeo con el título de médico, la bravata petitera de intentar robarse unos vinos durante una comida a la que ha sido invitado, narrados en Diario de motocicleta, y luego, ya en Sierra Maestra, con la educación por el insulto y la provocación machista que pone a los guerrilleros en el brete de desear la muerte antes de ser degradados –uno, en efecto, se suicida luego de perder el rango y el Che, previa una explicación pedagógica, le niega honores militares: “Tuvimos un pequeño incidente debido a mi oposición a que le rindieran honores militares, ya que los combatientes entendían que era uno más caído y nosotros argumentábamos que suicidarse en unas condiciones como las nuestras era un acto repudiable, independientemente de las buenas cualidades del compañero”–. Y entonces queda la duda entre si ese Che que organiza las escenas para su propio mito es de una sinceridad ejemplar y por eso no evita aquello que podría poner en cuestión la ejemplaridad de su figura, o cree de verdad en el valor aleccionador de los hechos que cuenta. En todo caso, no hay mayor déspota que el que se exige a sí mismo rigores mayores que los que ordena.

Claro que luego de leer los textos teóricos que han puesto en cuestión la identidad entre literatura del yo y experiencia no nos es permitida ya esa lectura ardiente y literal con que, en los años ’60, fascinados por esa retórica que primero desnudaba a una revolución en el poder y luego un fallo trágico, saltábamos sobre los hechos pasando por alto las operaciones de un escritor.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4685-2008-07-05.html

26 jun 2008

atentado contra la libertad de expresión


El día lunes 23 de junio por la mañana, esta radio del oeste del Gran Buenos Aires y que se encarga de difundir la cultura independiente fue víctima de un allanamiento bajo la figura de secuestro preventivo.

Tres funcionarios de la Comisión Nacional de Comunicaciones junto con la Policía Federal irrumpieron en la radio y se llevaron nuestros equipos de transmisión que nos permiten salir al aire todos los días, amparándose en la arcaica ley de Radiodifusión de la última dictadura militar que aún sigue vigente.

Ayudanos a comunicar e informar este atentado contra la libertad de expresión.

FM FREEWAY 94.5 por ahora transmitiendo solo en internet en http://www.freewayrock.com.ar . Hasta que recuperemos el derecho constitucional de ejercer la comunicación independiente.

Adhesiones al 4 443 6858 o en el foro de la radio.
FREEWAYROCK 94.5 LA RADIO DEL ROCK INDEPENDIENTE.
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LA PATRIA DE LAS MOSCAS
lunes a viernes 18 a 19:30 hs
al aire en el oeste: FM Freeway 94.5 mthz.
en vivo en México: http://www.hambreradio.com

va.la.pe.1

Porque a veces hay cosas para leer por ahí que sí va.len la. pe.na...

Re-pensar el periodismo...

La conversación

Sospecho que las cosas que importan no salen en los diarios o, peor, que lo que importa es precisamente lo que no sale en los diarios. ¿Vos qué opinás?

El jueves primero de julio de 1858, hace casi siglo y medio, un científico módicamente prestigioso –o sea: conocido por sus veinte colegas de una ciencia en pañales– presentó en la Linnean Society de Londres un trabajo sobre cómo evolucionaban los seres vivos o, mejor: sobre su hipótesis de que esos seres no habían sido creados por Dios tal como son sino que habían ido cambiando, buscando sus maneras.

Charles Darwin pensaba, por supuesto, asistir a su propia conferencia, pero uno de sus hijos se murió de escarlatina, y su artículo inaugural fue leído en su ausencia. El evento no tuvo gran repercusión. Al día siguiente, los diarios londinenses hablaban de la cabalgata de la reina Victoria, la presentación de una imagen del presidente de Estados Unidos en el museo de cera de madame Tussaud y la llegada de un barco que había tardado sólo once días en cruzar el mar desde Nueva York, pero no decía una palabra sobre el artículo de Darwin. Ni los diarios del viernes, el sábado, el domingo. A fin de año, en la revista anual de la Linnean Society, su presidente escribió que “este año no se ha visto marcado por ninguno de esos descubrimientos que revolucionan su rama de la ciencia…”: un visionario. Tiempo después, millones empezaron a entender que la teoría darwiniana de la evolución cambiaría para siempre la forma en que nos pensamos como hombres. Pero su presentación nunca salió en los diarios.

Tiempo después, millones empezaron a entender que la teoría darwiniana de la evolución cambiaría para siempre la forma en que nos pensamos como hombres. Pero su presentación nunca salió en los diarios.

–¿Y usted qué se esperaba, mi estimado?

–No sé, cómo decirle. ¿Que le acertemos alguna vez, de vez en cuando?

Suelo sospechar que las cosas que importan no salen en los diarios o, peor: que las cosas que importan son las que no salen en los diarios.

La procesión de ejemplos sería interminable y jubilosa. Recuerdo otro primero de julio, 1948, también jueves, otra historia de ciencias: cuando el editor de la sección Radio del New York Times le encargó a uno de sus periodistas 82 palabras –exactamente la cantidad que lleva este párrafo desde que empezó con las palabras “suelo sospechar”– para contar –ya van 87– que el día anterior Ralph Brown, director de los laboratorios Bell, había presentado un invento cuyo nombre también era un invento. “Lo llamamos transistor –una abreviatura de transference resistor– porque es un dispositivo semiconductor que puede amplificar las señales eléctricas que transfiere”, dijo. Fueron, insisto, 82 palabras. Este párrafo ya usó 140.

El punto es que seguimos mirando hacia donde no vale la pena o, mejor: seguimos sin mirar adonde sí. Todo, en principio, por el gran mito de la actualidad: a veces creo que no hay nada peor para la información que el mito de la actualidad. La actualidad parece un dato “objetivo”, una parte decisiva de la realidad. Pero está claro que es una construcción de los medios para que el público consuma: el público la compra, la cree, y termina por pedirla. Entonces los medios pasan a tener la excusa mercantil perfecta: es lo que nuestro público quiere, por eso se lo damos.

La actualidad está hecha, sobre todo, de lo que hacen los ricos o famosos o futbolistas o tetonas o políticos –o las diversas combinaciones de estos elementos. Y de lo que nos pasa a los demás cuando nos pasan cosas tremebundas: asaltos, tsunamis, accidentes, hambrunas, sextillizos. La mayoría de las personas sólo aparece en los medios cuando les pasa algo espantoso. Ésa es la diferencia decisiva: los ricos y tetones hacen; a los demás, nos pasan cosas.

La actualidad, como toda construcción, depende de sus constructores: los que van y la deciden cada día. La actualidad sigue –suele seguir, excepto en Crítica de la Argentina, por supuesto– determinadas reglas: que sea fácil de consumir, que muestre blancos y negros bien marcados, que no requiera grandes reflexiones, que impacte, que emocione barato, que no cuestione cierto orden, que se venda.

La actualidad no sabe –o no quiere– contar nuestras vidas. Y nos ha convencido de que lo que importa, lo que sí define nuestras vidas, es ella. La operación está completa: nos hablan de algo lejano, que en general no podemos modificar, y nos convencen de que eso es lo que realmente nos importa.

Ni siquiera es mala fe –quiero decir: ni siquiera siempre es mala fe-, a veces es sólo esa incapacidadde ver que nos viene de la costumbre de mirar “la actualidad”. Pero sería increíble aprender a contar lo demás, lo que se nos escapa, esos fenómenos que, dentro de cien años, alguien va a recordar.

(–¿Qué nombre me decís, Critina? ¿Critina qué, Critina cómo?

–No, querido, era Cristina, una mujer que fue eso que eran entonces, “prescidente” creo que se decía, o proboscidio, no me acuerdo, de una de las partes del continente, más al Sur.

–¿Una mujer? ¿Era de cuando todavía existían hombres y mujeres?

Pensó Yak y cerró los ojos para cortar la comunicación mental con su prim@ Sili en la base saturna. Nuncaentendía por qué ell@ le hablaba de esas cosas.)

Es cierto: no es fácil descubrirlos. Y es más probable que se nos escapen a nosotros, periodistas, tan vasallos del diario trajinar, tan esclavos del tiempo tirano y el espacio autócrata opresor. Por eso quería pedirles a ustedes, lectores, eminencias, que se dejen de putear barato en internet y lo usen (www.criticadigital.com) para un casi juego: ¿qué cuestiones, qué historias, qué temas más allá de la llamada actualidad les parece que habría que contar en estos días? ¿Qué nos estamos perdiendo y deberíamos saber? ¿De qué vale la pena hablar?

Martín Caparrós
Crítica de la Argentina -26.06.08-Contratapa

http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=6418

6 jun 2008

Era un 5 batallador...

Un amigo me acaba de pasar esta nota, interesante...

Gracias Lely! =)

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"El Che era un 5 batallador"

Jugó al golf, al rugby, la rompió como ajedrecista y también se animó con la redonda. El Comandante, según su amigo Granado, no descolló como futbolista... ¡pero cómo metía!


Estatua, revolucionario, ícono pop, comandante, remera, ajedrecista, wing de rugby, golfista, arquero tipo Amadeo, ciclista, nadador y domador del Amazonas, fan de Gatica, cinco batallador, rosarino, argentino, cubano, del mundo, un hombre, un gran hombre, el Che. Nació hace 80 años (14 de junio de 1928) bajo el nombre de Ernesto Guevara de la Serna. Y hoy es todo eso. Y mucho más. "El se merece la estatua. Porque el Che, Martí, Sarmiento, San Martín, Bolívar, toda esa gente que ha luchado y hasta muerto por un futuro mejor, se la merece. No sé si le habría gustado, je, porque esas cosas, a él... Pero me pone contento porque, al final, los buenos triunfan", dice Alberto Granado, 85 años, casi medio siglo en Cuba, donde aún reside. Intimo de Guevara, llegó a la Argentina para el homenaje por el 80° aniversario del nacimiento del mítico Che. Pocos compartieron tanto con Guevara como él, compañero del primer viaje a través de América Latina en la famosa moto La Poderosa. La película Diarios de Motocicleta retrató la aventura que ayudó a moldear el futuro de Guevara. Y ese temple de hierro también lo empezó a forjar a través del deporte:("El Pelao (así lo llamaba de pibe) era un hombre deportista, le encantaba".

-¿Y qué practicaba?-

-De todo. Cuando lo conocí, él tenía 14 años. El primer deporte que practicamos juntos fue el fútbol.

-¿Jugaba bien al fútbol?-

-Mmmm... Como en todas las cosas de la vida, era muy tenaz. En ese tiempo, si vos querías anular a un jugador contrario, lo ponías a él y Ernesto lo perseguía por todos lados. Le decíamos Yácono, por el petiso de River (NdeR: Norberto, half derecho de La Máquina). El Che te marcaba y era una estampilla. Pero no tenía un juego vistoso ni elegante, eh... Era un 5 batallador... Y en el arco usaba un estilo tipo Amadeo Carrizo, salía mucho del área, y al principio lo querían matar. Era muy arriesgado. Más tarde empezamos a jugar al rugby. Yo era hooker y a él lo pusimos de wing y otras veces veces de medio scrum, conmigo de apertura... El deporte nos unía. Muchas veces nos juntábamos a hablar de táctica, de rugby y de fútbol.

-¿Tenía algún futbolista predilecto?-

-Tenía de ídolo al Chueco García, un wing izquierdo de Central y de la Selección. Y otro al que quería mucho era el Torito (Waldino) Aguirre (NdeR: N° 10 de Central).

-¿Era hincha de Central?-

-Nunca me lo dijo, pero era de Central... Casualmente hace poco vino un grupo de argentinos por mi casa, hinchas de Central. Y me trajeron un recuerdo de aquel gol de palomita...

-El de Aldo Poy-

-Sí. Y, la verdad, mucho no me gustó, porque es como un símbolo de la desunión, ponerse contento porque el otro perdió. Se lo dije a un hincha de Newell's que también me visitó y estuvo de acuerdo. El Che es para todos.

-¿Hablaban de fútbol?-

-Por ahí nos poníamos a recordar equipos. ¿Te acordás cómo formaba Atlanta en ese año? Cosas así. Era como una competencia, a ver quién sabía más.

-Es decir que el Che sabía de fútbol-

-¡Sí! Leía mucho El Gráfico, La Cancha, la revista Racing...

-¿Alguna vez fueron a la cancha juntos?-

-Sí. Recuerdo que vimos nada menos que Millonarios (Colombia) contra el Real Madrid. Y dos veces, una de ellas en España.

-Entonces el Che vio jugar a Di Stéfano.-

-Claro. Y recuerdo una anécdota. Ernesto era de mirar el partido callado. Y vos sabés que había un gallego al lado nuestro que, bueno, ese día le estaban dando un baile bárbaro al Real Madrid, jugaba Antonio Báez (NdeR: crack argentino que deslumbró en Platense) y lo tenía loco a Muñoz, que era un half de ellos, y el gallego grita: "¡Rómpelo!". Y el Che se da vuelta y le dice: "Eh, si tanto te gusta la sangre, ¿por qué no vas a ver a los toros?".

-¿El tuvo algún ídolo?-

-A Ernesto le gustaba el Chino (Oscar) Pita (NdeR: gran peso welter de los 50), porque era rosarino. Le encantaba el boxeo. En Córdoba íbamos a los festivales... Y más de grande iba al Luna Park. A Ernesto le gustaba Gatica, aunque yo le tenía un poco de bronca, me parecía medio payaso. Yo era de Prada.

-¿Qué otro deporte hizo?-

-Nadaba muy bien y eso que daba el handicap del asma. Fijate que cruzó el Amazonas nadando, el desgraciado. Ese fue uno de los momentos más duros de mi vida, porque... ¿sabés lo que es tirarte en un lugar que está lleno de pirañas, de serpientes? El ajedrez le encantaba. Jugaba muy bien. Cuando triunfó la revolución, dijo que Cuba iba a formar grandes campeones. "Vamos a empezar a darles clase a los muchachos", se entusiasmaba. Y efectivamente, Cuba ya tiene más grandes maestros que varios países latinoamericanos. El participó de varios campeonatos en el Ministerio de Industria.

-¿Qué anécdota recuerda de sus años de rugbier?-

-Cuando le tomé la prueba para entrar al equipo de rugby. Viene Ernesto y le digo que lo vamos a cuidar por lo del asma, que el rugby le va a hacer bien, pero que para entrar al equipo había que hacer un examen de ingreso. ¿Cuál? Puse un palo de escoba sobre dos sillas, le di la camiseta con hombreras y le pedí que saltara sobre el palo y cayera con el hombro. Perfecto, dijo. Y el saltó una vez, dos, tres, y si no le digo que pare me hace un hueco en el pasto. Por ese tiempo nació el apodo Fuser, así lo llamaba yo. Pasa que a Ernesto, en los entrenamientos, le gustaba decir mientras corría: "¡Acá va el furibundo Serna!". Yo lo abrevié Fuser.

-¿Y del Che arquero qué recuerda?-

-¿Saben la del penal atajado? El tema es que cuando salimos del leprosario, en la balsa, encallamos en un lugar... Ya habíamos pasado Leticia, Colombia, llegamos y no sabíamos qué hacer. Y nos propusimos como entrenadores de fútbol. Je, el hecho de ser argentinos nos ayudaba, "algo deben saber si son argentinos", pensaban. Entrenamos a un equipo y un día se hizo un campeonato relámpago. Y el Pelao fue al arco. Empatamos y lo definimos por penales. El atajó uno, pero el nuestro tiró los tres penales afuera, ja.

-Si tuviera que resaltar una sola cualidad del Che, ¿cuál sería?-

-Dos: su incapacidad para mentir y su capacidad de trabajo. No mentía nunca.

-¿Qué lo conmovía?-

-Casi todo, era muy sensible. Yo digo que eso es lo que lo mató a él... Mejor dicho, él iba a morir en la lucha, siempre lo supuse, así que no lo mató nada... Pero cuando iba con el grupo de guerrilleros en Bolivia, había cinco que no podían ni caminar, enfermísimos. Y él, por no dejarlos y evitar que llegara el Ejército boliviano y los torturara, los llevaba consigo...

Granado sonríe. Se lo nota feliz. "Si vos querés dormir tranquilo pensando que ningún chico en Cuba se acostará sin comer, para que te alcance para todos por ahí tenes que bajar tu ración de porotos", dice. Y nos deja pensando. Y nos deja la frase postrera. "Muchachos, ¿saben qué quiero transmitir cuando hablo del Che? Que son posibles, las utopías son posibles".

SEBASTIAN SANCHI - EDUARDO BEJUK



Nota publicada en el Diario Olé 17/jun/08: http://www.ole.clarin.com/notas/2008/06/17/informaciongeneral/01695531.html

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Después de todo, la verdadera proeza es realizar la conquista con medios dignos, es decir, no bajando el arte hasta el nivel del público, sino elevando al público hasta el nivel del arte.
Mario Benedetti

Las palabras no se parecen a lo que nombran: viajar no es viajar y nada más

‘Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no quiero, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme y ser llamado.’ Las Pálidas, Eduardo Galeano, de El Libro de los Abrazos. Y Juan Desouza se va, o quizás leyó a Galeano y se fue. El asunto es que a veces uno tarda en darse cuenta de que estamos de paso. Y se produce el sufrimiento de una experiencia humana inevitable: el paso del tiempo y las transformaciones que provoca en el cuerpo (y en el alma).

Y viajar, viajar nos permite lo contrario quizás, detener nuestro tiempo, darle paso a otro lugar y otro tiempo, para luego volver al tiempo de uno y volver a ser uno y no otro en otro lugar y otro tiempo (¿me explico?). Porque el viaje lo cambia a uno, lo lleva a un movimiento interior que va mucho más allá del movimiento físico. Y ahí es cuando uno emprende la vuelta, volver para redescubrir nuestro contacto con la vida. El viaje nos deja escapar, escapar de uno mismo y hasta de los demás. “El viaje es transferencia: el cuerpo deviene algo que era o que ya no es, por un lado nos guía de regreso a nosotros mismos, por otro nos ayuda a surgir hacia fuera. Los cambios externos, y con ellos, la profundidad. En este sentido, la cáscara es también el corazón.”, relata Charles Grivel en Travel Writing.

Juan Desouza viaja dos veces en un mismo tiempo. Es un abogado de 46 años que se entera de que su esposa está embarazada. Tras ocuparse como todas las noches, de cuidar y bañar a su padre postrado, emprende una de sus habituales visitas profesionales al interior del país, en este caso a la ciudad entrerriana de Victoria. Sin embargo, a partir de la muerte de un pasajero del micro en el que él viajaba, y en medio de una sensación de gran confusión interna que lo obliga a tomar otra perspectiva de su vida, el protagonista decide hacerse pasar por otro (y después por otros) y no regresar a Buenos Aires por un tiempo. En las desoladas calles de la ciudad, Juan recupera los instintos vitales primarios, se conecta con la naturaleza, sufre el miedo de sentirse perdido en la noche y tiene un apasionado encuentro con una mujer del lugar. Y todo porque en este caso, les cuento de Juan, pero las cosas que pueden suceder en un viaje, las cosas que nos pueden cambiar en un viaje, son muchas. Cada viaje va direccionado por los ojos y los pies de quien lo mira y lo camina. Y nadie más. La experiencia del viaje es más interior que exterior. El viaje es una experiencia individual, desde los ojos que eligen mirarlo. En el viaje uno se puede dar el lujo de experimentar lo que le sucede liberado de su identidad, como hizo Juan. Aunque ser otro, viajar, no nos libera del paso del tiempo, ni de sus manifestaciones en el cuerpo y en el alma, ni de nuestras obligaciones, ni de la rutina de todos los días, ni a Juan de tomar conciencia de su padre que se está despidiendo, ni de su hijo que está por venir. Viajar nos deja tomarnos una suerte de descanso de nuestro propio ser y animarnos a jugar con la posibilidad de que uno no es sólo uno, uno también es el lugar de uno. Tomar un identidad prestada, jugar durante un tiempo a que somos otras personas, en un lugar desconocido, con gente que no nos conoce y que tampoco conocemos, caminando por calles que no sabemos hacia donde nos llevan, pero igualmente dejando que nos lleven. Así podemos olvidarnos un poco de nosotros, y desde el lugar del otro ponernos en contacto con lo que nos pasa en nuestro interior. Quizás no serían las palabras justas “transformarse en otra persona”, sino preservarse detrás del anonimato, y aprovechar esa suerte de tiempo detenido que paradójicamente nos permite estar más cerca de uno mismo. Viajar es un estado de despego interno, correrse de la propia sombra.

“Y aquél fue un momento inequívoco de mi vida, el más extraño momento de todos, en el que no sabía quién era yo mismo: estaba lejos de casa, obsesionado, cansado por el viaje, en la habitación de un hotel barato, que nunca había visto antes, oyendo el crujir de la vieja madera del hotel, y pisadas en el piso de arriba, y todos los ruidos tristes posibles, y miraba hacia el techo lleno de grietas y auténticamente no supe quién era yo durante unos quince extraños segundos. No estaba asustado, simplemente era otra persona, un extraño…” esto le sucede tanto a Jack Kerovac-En el camino, como a Juan en un hotelucho de Victoria. “No conozco a nadie, nadie me espera, no sé qué hacer - ¿Qué voy a hacer mientras tanto? ¿Qué estoy haciendo en un lugar tan ajeno? ¿Quién me manda? ¿Cómo voy a hacer para enterarme de algo? – Ahora ya sé que de todas maneras, de alguna manera, todo termina por funcionar, pero igual me desespero en esas primeras horas en que algunos lugares parecen demasiado grandes, ajenos, inabarcables” cuenta Martín Caparrós en Larga Distancia. Al viajar y al sentirnos extraños, atravesamos diferentes estados de ánimo que nos dejan una forma especial, particular de percibir el mundo, o al menos el “mundito” que en ese momento vivenciamos, y de conocer la existencia y la conciencia del cuerpo y del tiempo durante el viaje.

En el viaje nos pasan muchas cosas, a veces intensas, otras no. Nos podrán decir que somos viajeros o caminantes, que no, que somos apáticos, que somos cómodos, que somos inquietos, que huimos del campo y de la ciudad, o que huimos del mundo y de la ciudad refugiados en el campo. Y podemos no ponernos de acuerdo. Seremos viajeros, o no, erráticos y errantes, inquietos o inquietantes, pero somos personas con diversas paranoias externas e internas, humanos antes, y por eso seres pasionales, que eligen viajar o no, o quedarse siempre en un lugar porque como dice Herman Melvilla en Moby Dick: “No figura en ningún mapa, los lugares verdaderos nunca están.” Y puede que no nos guste viajar, que nos moleste, lo dice Jorge Monteleone: ‘el mundo, hoy, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen’. Y hay momentos en que se hace difícil aceptarla, dejarla ver. Y ahí encuentro el problema de los viajes (o puede no ser un problema), o más que de los viajes, de los viajeros; al viajero le cuesta ver lo que somos desde el lugar del otro, desde otro lugar o desde ningún otro lugar. Porque como alguna vez dijo Dolina: “Las grandes distancias me enseñaron a ver mejor la esquina de mi casa”. Y yo aprendí que en vez de extrañarme por lo que es, extraño sentir lo que soy cuando estoy en ella, de verme en ese instante, en ese lugar, en esa esquina, mi esquina.

y acá estamos...

Cuando nacimos, todo comenzó a crecer en torno nuestro. Inventamos juegos y formas, ellas crecieron por sí mismas. Nos alegramos de nuestra fuerza. Cada uno fabricaba su pedazo con empeño. Juntamos los pedazos. Sucede que ahora construimos una gran pelota de soledad en el medio del living y no sabemos cómo moverla.
Carlos Emilio Del Guercio